SAN AGUSTIN Y LOS JOVENES

 

 

1. Los jóvenes en el imperio romano

 

Al hablar sobre san Agustín y los jóvenes, es preciso en primer lugar, tomar en cuenta que el concepto de juventud o de joven que tenía san Agustín, es muy diferente al que podemos tener nosotros en la actualidad. No obstante la idea contemporánea de joven comparte con el concepto latino una cierta relatividad y ambigüedad. Es posible que la ambigüedad sea mayor en el mundo contemporáneo, debido sobre todo a la polisemia deliberada que la cultura del relativismo impone a los diversos términos, así como por la neanioteslatría que vive el mismo mundo posmoderno. En el caso del mundo latino las cosas eran distintas. Existía un cómputo más o menos común, donde la juventud comenzaba hacia los veinte años para terminar hacia los cuarenta.

 

2. Las seis edades del hombre

 

La cultura del tiempo de san Agustín distinguía con claridad seis etapas en la vida de todo ser humano, a saber, la infancia (infantia), la niñez (pueritia), la adolescencia (adulescentia), la juventud (iuventas), la edad madura (aetas media, gravior), y la senectud o ancianidad (senectus). San Agustín dentro de su obra nos ofrece un hermoso ejemplo al ver reflejadas las diversas edades del hombre en las diferentes horas en las que son llamados los operarios a trabajar en la viña, en la célebre parábola del evangelio (Mt 20, 1-15). De este modo san Agustín en su interpretación nos dice que quienes fueron llamados a la hora prima, fueron los niños (pueri). Cabe señalar de entrada, que el relato agustiniano da por supuesto que todos hemos sido llamados en una «hora cero», que es la correspondiente a la  infantia. Posteriormente nos dice que en la hora tertia fueron llamados los adolescentes; los jóvenes a la hora sexta; los más solemnes o serios (graviores), a la hora nona; los ancianos (decrepiti) en la última hora (novissima hora) (Cf. s. Lambot 23, 5 = S. 335M, 5). San Agustín nos ofrece una distribución similar de las edades del hombre en la ep. 213.

 

San Agustín, siguiendo el cómputo propio de su época señala que se puede considerar joven quien tiene aproximadamente veinte años, como es el caso de Esaú, quien, según la interpretación agustiniana, tenía aproximadamente esa edad cuando vendió su primogenitura por un plato de lentejas (Gn 25, 31-34), y por ello podía ser considerado un joven (qu. 1, 75). Es más, en el pensamiento del Obispo de Hipona, Cristo mismo y Juan el Bautista pueden ser catalogados como jóvenes. Por ello comenta san Agustín que Cristo, cuando era joven, fue bautizado por un joven, que no era otro que Juan el Bautista (Mt 3, 13-17; cons. eu. 2, 2). Para san Agustín, Cristo solo vive tres edades según el cómputo romano, pues fue solo infans, puer y iuvenis, y siendo precisamente joven, fue llevado a la cruz (Cf. s. 370, 2; Io. eu. tr. 19, 10). Y cuando Cristo resucita, según el pensamiento agustiniano, lo hace con el cuerpo de un joven, que puede entrar en el cenáculo donde están reunido los apóstoles sin abrir el portón, como lo había hecho cuando era infante, que salió del vientre de su madre sin abrir la puerta (ep. 137, 8).  

 

3. San Agustín como joven

 

Y así como el momento del comienzo de la etapa de la juventud está claro para san Agustín, su final muestra alguna relatividad y amplitud, con relación al cómputo tradicional romano, sobre todo cuando san Agustín se aplica a sí mismo dicho término, en su propio recuerdo y en su narración. De este modo, dentro de las Confesiones, san Agustín se identifica con el joven muerto, hijo de la viuda de Naím a quien Cristo resucita compadecido de las lágrimas de su madre (Lc 7, 14). San Agustín reflexiona sobre su propio pecado y cómo este le había dado muerte, y por otro lado pone de manifiesto cómo el mismo Cristo compadecido de Mónica, su madre, y atendiendo a sus súplicas y oraciones, le había devuelto la vida y le había dado la gracia de la conversión (conf. 6, 1).

Por otra parte, predicando al pueblo, dice a sus fieles que él había llegado a Hipona siendo todavía joven, y sin saber los planes y designios que Dios le reservaba en esta ciudad (s. 355, 2; ep. 213, 1). Sabemos que san Agustín viajó a Hipona a finales del año 390 o principios del 391, por lo que tenía entonces 37 años. Más llamativo es cuando el mismo san Agustín nos cuenta dentro del De haeresibus, que él había afrontado la herejía de Joviniano cuando era todavía joven. Si tomamos en cuenta que el Obispo de Hipona llegó a conocer el pensamiento de Joviniano probablemente después de la condena que hace del hereje no solo san Ambrosio, sino sobre todo el Papa Siricio (392), y fundamentalmente después de la obra de san Jerónimo, Adversus Iovinianum, para responder con sus dos obras gemelas, De bono coniugali (403) y De sancta Virginitate (403). Podemos establecer como fecha el año 400, cuando san Agustín tiene ya 46 años, y se llama a sí mismo «joven».

 

Posiblemente el mejor ejemplo de la cronología de las edades en san Agustín sea la carta 73 dirigida a san Jerónimo, en donde el Obispo de Hipona se queja de que no había todavía recibido respuesta a una carta que él mismo había escrito en su juventud a san Jerónimo, y ahora que él era ya senex, se volvía a dirigir al monje de Belén. Si tomamos en cuenta que la carta a la que hace referencia san Agustín es la carta 28, que es del año 395, podemos darnos cuenta de que san Agustín se consideraba joven cuando tenía cuarenta y un años. Mientras que la carta 73 es del año 404, cuando san Agustín tiene ya cincuenta años, y se considera un senex.

De este modo podríamos señalar que para san Agustín jóvenes son aquellos que tienen entre los veinte años, hasta un poco antes de los cincuenta. No obstante, es precio señalar, como diremos a continuación, que para san Agustín la juventud, en un sentido espiritual, no es solo un momento de la vida en el que se disfruta de una plenitud corporal (an. quant. 35), sino una actitud del alma y del corazón, por eso señala el Obispo de Hipona que la juventud, «non corporis tantum, sed animi aetas est» (mor. 1, 63).

 

4. Los jóvenes maniqueos y donatistas: incoherencia e inmoralidad

 

Dentro de las obras de san Agustín aparecen sus diversos recuerdos, y hablando de los jóvenes, san Agustín nos ha dejado páginas muy elocuentes, en donde, por una parte, retrata a los jóvenes maniqueos, y por otra a los jóvenes paganos y donatistas. Los primeros aparecen fundamentalmente en la obra De moribus ecclesiae catholicae. En ella san Agustín presenta las pasiones desordenadas de los jóvenes electi maniqueos (elegidos o dedicados totalmente al culto maniqueo), quienes eran no solo grandes aficionados a los espectáculos del circo y del teatro, a pesar de la gran inmoralidad que había en ellos, sino que también en ocasiones se ponían a discutir entre ellos en público, sobre asuntos triviales y poco edificantes, como era hablar sobre aurigas o conductores de los carros que competían en las carreras en el circo, o bien a discutir sobre los actores del teatro, de las pantomimas o de los mimos. Y esto era algo tan vergonzoso, que cuando eran sorprendidos por otras personas, particularmente por los «oyentes» de la secta (es decir los adeptos), los jóvenes elegidos, avergonzados huían: «(...) los jóvenes (elegidos maniqueos) que habitualmente sorprendíamos riñendo a propósito de actores o de aurigas, cosa que tiene su importancia por el modo en el que podían comportarse a escondidas si no eran capaces de vencer el deseo desordenado que les exponía a los ojos de sus oyentes, haciendo que se ruborizaran y obligándolos a huir» (mor. 2, 72).

 

Mucho peor es el caso que el mismo Hiponate nos refiere de aquel santón maniqueo, a quien san Agustín y sus amigos acostumbraban ir a escuchar, y que convocaba a sus oyentes en el barrio de los recolectores de higos. Este elegido maniqueo, rompiendo sus promesas de castidad, había violado a una virgen consagrada, de tal forma que la familia de dicha mujer, al ver que ésta había quedado embarazada, pidió que el elegido fuera expulsado de la secta, pero no contentos con esto, una noche el hermano de la mujer que había sufrido el estupro, se hizo acompañar de un grupo de esbirros, quienes golpearon hasta la muerte, al joven violador maniqueo (mor. 2, 72).

 

Poco edificantes y dignos de rechazo son también los jóvenes donatistas, quienes instigados por algunos obispos del cisma, llegaban a formar bandas violentas, armadas con palos o con lanzas, que cometían todo tipo de atropellos y actos condenables contra los católicos, particularmente contra los sacerdotes y obispos (Cf. Vita Augustini, 10). San Agustín subraya no solo la violencia ciega y su fanatismo, sino también su libertinaje moral y su desmedida afición a la bebida (Cf. c. ep. Parm. 1, 17; ep. 35).

 

Es más, dos obras agustinianas nos presentan un caso en el que confluyen las acciones perversas de dos grupos de jóvenes, tanto los donatistas como los paganos. Se trata de la carta 185 y del tratado Contra Gaudentium. En ambos documentos san Agustín nos narra cómo en su afán fanático, y en la búsqueda de gloria y de un falso martirio, los jóvenes donatistas se hacían presentes en las fiestas de la juventud pagana, llamadas las Iuvenalia. Los jóvenes donatistas interrumpían dicha fiesta amenazando a los presentes y obligando a los jóvenes paganos, que durante dicha celebración exhibían públicamente sus habilidades cinegéticas y atléticas, a que les quitaran la vida, como si fueran unas fieras en el anfiteatro. Y comenta san Agustín que los jóvenes paganos aprovechaban dicha ocasiones para consagrar sus víctimas, es decir a los fanáticos donatistas, a sus propios dioses, dando con ello testimonio de un último vestigio de sacrificios humanos en el norte de África: «cuando con las armas de los paganos (los jóvenes circumcelliones donatistas) se lanzaban sobre cuantos afluían a sus fiestas. Los jóvenes paganos ofrecían a sus ídolos las víctimas que cada uno mataba, y éstos confluían en tropel de un lado y de otro; como bestias feroces acosadas por los cazadores en el anfiteatro, se lanzaban sobre los venablos que se les ponían delante» (c. Gaud. 1, 32; Cf. ep. 185, 12).

 

En contraposición con la conducta condenable, fanática e inmoral de los jóvenes maniqueos, donatistas y paganos, san Agustín presenta en el De uera religione, la conducta ejemplar y admirable de los jóvenes y de las doncellas cristianas, comentando que son muchos los jóvenes de ambos sexos que han renunciado a lo que es lícito y bueno, como es el matrimonio, para consagrarse a Dios. «Si, pues, estas enseñanzas por todo el mundo se leen a los pueblos y se oyen con sumo gusto y veneración; (…) las Iglesias se han multiplicado con más fertilidad y abundancia hasta en los pueblos bárbaros; si nadie se maravilla ya de tantos miles de jóvenes y vírgenes que, renunciando al matrimonio, abrazan la vida casta: cosa que, habiendo hecho Platón, temió tanto a la perversa opinión de su siglo (uera rel. 5).  

 

5. La juventud, divino tesoro: características espirituales

 

Es preciso partir de lo que habíamos dicho anteriormente, que la juventud para san Agustín, más allá de los cómputos de su tiempo, y de la propia valoración agustiniana con relación a los años, es una actitud del alma y del corazón. Es preciso no olvidar que los criterios para hablar de la juventud no son solo corporales, sino fundamentalmente del espíritu, de la juventud del alma: «non corporis tantum, sed animi aetas est» (mor. 1, 63). Si bien es cierto, esta cita agustiniana del De moribus ecclesiae, hace referencia directamente a las características espirituales y morales de la edad juvenil y la ancianidad, puede leerse también, según la presente interpretación. Por ello para san Agustín no es extraño que haya personas que puedan ser consideradas «viejos», aunque tengan veinte años, pues están desencantados de todo y viven sin esperanza, arrastrados por las pasiones y la rutina. Y en cambio puede haber también «jóvenes» que pueden tener ochenta años, pues viven con el gozo sereno y la ilusión de quien cree, espera y ama. La juventud está en el corazón: «non corporis tantum, sed animi aetas est».

 

Para conocer las características de esta juventud que todos los creyentes pueden tener, si son jóvenes en el corazón, es preciso recorrer diversas obras agustinianas. Un lugar que se ha vuelto ya común para exponer dichas características, es el segundo libro del De Ordine, donde san Agustín da una serie de consejos a los adolescentes que se quieran dedicar al estudio de la sabiduría, es decir de la filosofía. Aunque el texto no está literalmente dirigido a los jóvenes, sino a los adolescentes, etapa anterior a la juventud según el cómputo romano, es un texto interesante donde aparecen una serie de elementos que veremos con claridad en otros textos agustinianos dirigidos explícitamente a los jóvenes. El famoso texto del De ordine es el siguiente: «Los adolescentes dedicados al estudio de la sabiduría se abstengan de todo lo venéreo, de los placeres de la mesa, del cuidado excesivo y superfluo ornato de su cuerpo, de la vana afición a los espectáculos, de la pesadez del sueño y la pereza, de la rivalidad, murmuración, envidia, ambición de honra y mando, del inmoderado deseo de alabanza. Sepan que el amor al dinero es la ruina cierta de todas sus esperanzas. No hagan nada con desgano o con temeridad. En las faltas de sus familiares no den lugar a la ira o la refrenen de modo que parezca vencida. A nadie aborrezcan. Anden alerta con las malas inclinaciones. Ni sean excesivos en la reivindicación, ni tacaños en perdonar. No castiguen a nadie sino para mejorarlo, ni usen la indulgencia cuando es ocasión de más ruina. Amen como familiares a todos los que viven bajo su potestad. Sirvan de modo que se avergüencen de ejercer dominio; dominen de modo que les deleite servirles. En los pecados ajenos no importunen a los que reciban mal la corrección. Eviten las enemistades con suma cautela, súfranlas con calma, termínenlas lo antes posible. En todo trato y conversación con los hombres aténganse al proverbio común: "No hagan a nadie lo que no quieren para sí". No busquen los cargos de la administración del Estado sino los perfectos. Y traten de perfeccionarse antes de llegar a la edad senatorial, o mejor, en la juventud» (ord. 2, 8, 25).

 

A continuación proporcionaremos un elenco no exhaustivo de las características espirituales que san Agustín pone de manifiesto con referencia a la juventud como edad no solo cronológica, sino fundamentalmente espiritual. Así pues las características serían las siguientes.

 

A.Testimonio alegre, solar y obediente.

San Agustín al hacer la exégesis del hexaemeron, es decir los seis días de la creación dentro de su primer comentario al libro del Génesis, en el De Genesi adversus Manicheos, ve en los seis días de la creación, seis momentos de la historia de la salvación, así como las seis edades del hombre. Se trata de un esquema que posteriormente san Agustín va a dejar de lado, para adoptar un proceso más paulino y soteriológico que tiene cuatro etapas, que serían: ante legem (antes de la ley), sub lege (bajo la ley), sub gratia (bajo la gracia), in pace (en la paz: exp. prop. Rm. 12). Así pues, cuando san Agustín habla de la juventud en su obra De Genesi aduersus Manicheos, la presenta dentro del cuarto día de la creación, haciendo el paralelo con la etapa de la historia de la salvación que va desde David hasta la deportación en Babilonia. Por el relato del Génesis sabemos también que en ese día fueron creados los astros del firmamento. Es interesante destacar las características espirituales que san Agustín pone de manifiesto, como elementos que deben darse dentro de la juventud. En primer lugar, el Obispo de Hipona hace un bello elogio de la juventud, sabiendo que no solo es la época de la vida en la que crecen las fuerzas que después menguarán en la senectud (an. quant. 35), sino que también la juventud es un «divino tesoro», pues: «el fundamento insigne, el centro cardinal de todas las edades y, por lo tanto, magníficamente se compara al cuarto día en el que fueron creados los astros en el firmamento del cielo» (Gn. adu. Man. 1, 23, 38). Por otro lado observa que en el cuarto día fueron creados la luna y el sol. Por ello destaca, hablando del sol, que la juventud debe mostrar el esplendor del reino de Dios, señalando la importancia del testimonio claro, radiante y «solar» del reino de los cielos, que quienes son jóvenes deben dar en medio del mundo, que vive en tinieblas y en el frío del egoísmo (Mt 24, 12). Así comenta san Agustín diciendo: ¿Qué cosa puede simbolizar más evidentemente el esplendor de un reino que el brillo del sol? (Gn. adu. Man. 1, 23, 38).

 

Y este testimonio toma una connotación martirial en otros escritos tardíos de san Agustín, en los que invita a los jóvenes, en el cuerpo o en el espíritu, a no tener miedo de dar testimonio de su fe, a ser como los mártires, que no solo con su vida, sino con su propia sangre rubricaron el testimonio de su fe. Se trata de un testimonio vivo, coherente y alegre que ante todo vence el miedo: «sigamos las huellas de los mártires y pongamos nuestra mirada en la cabeza de los mártires y nuestra. Quien nos ha hecho la promesa es veraz, es fiel, y no puede engañar (…) A quienes amamos en sus solemnidades, no hemos de temer imitarlos con fe semejante». (s. 306. 10)

Por otro lado, al hablar de  la luna, san Agustín destaca la obediencia. Se trata de un testimonio no anárquico ni autárquico, sino siguiendo los lineamientos de la regla de fe de la Iglesia, de su sana tradición y de sus costumbres, para llegar a formar, como señala san Agustín, «un pueblo obediente al reino» (Gn. adu. Man. 1, 23, 38).

 

B. Fortaleza para vencer al maligno

En su comentario a la primera carta de san Juan, escrito hacia el año 407, san Agustín se detiene a comentar el texto de 1 Jn 2, 13, donde el apóstol se dirige a los jóvenes y comenta que ellos «han vencido al maligno». De este modo destaca el Obispo de Hipona que todos debemos ser jóvenes en el alma y en el corazón para tener la fuerza de vencer al maligno en la lucha cotidiana. No obstante, san Agustín no pierde la oportunidad para subrayar dos temas que son muy importantes para él. En primer lugar, la condición antropológica de todo ser humano, sea joven o no. Y esta condición no es otra que la debilidad. Ningún ser humano tiene en sí mismo la fuerza para vencer al maligno, si la gracia de Dios no lo acompaña y sostiene. Por ello, san Agustín destaca, por un lado, la necesidad absoluta de la gracia de Dios en la lucha contra el maligno. Por otro lado, y de manera paralela, acentúa la humildad. Quien es es joven  en el corazón, debe reconocer, en primer lugar, su propia debilidad con humildad, para recurrir a Dios, fuente de la gracia y recibir la fuerza para vencer al maligno, pues solo quien se reconoce débil, puede ser fuerte en Dios (Cf. s. 165, 1): «Considerad una y otra vez que sois jóvenes; luchad para vencer; venced para recibir la corona; sed humildes para no caer en el combate» (ep. Io. tr. 2, 7)

 

 C.El peligro de la soberbia

San Agustín advierte que la juventud al ser el momento de la vida, del cuerpo y del alma, en el que se tiene una cierta plenitud, puede llevar a la persona a creer que no necesita a Dios, y comenzar a vivir centrada en sí misma, y olvidada de Dios, creyendo que puede hacer el bien y vencer las tentaciones con sus propias fuerzas. Por ello san Agustín recomienda como virtud esencial en todas las etapas de la vida cristiana, y particularmente en la juventud, la humildad. Para ratificar esta idea, comenta san Agustín que san Pablo, para que no se llenara de soberbia por los dones tan extraordinarios que había recibido de Dios, era abofeteado por un emisario de Satanás (2 Cor 12, 7). Por ello, como señala san Agustin, para que pudiera vivir una auténtica juventud espiritual, era abofeteado como un niño: «Para que no me ensoberbeciese como joven, era azotado como niño. Pero ¿por quién? Por el ángel de satanás (…) sin embargo, por esto se curaba el Apóstol. Pero como lo que había aplicado el Médico era molesto al enfermo, éste rogó al Médico que se lo quitase (…) sin embargo, el médico le consuela y le aconseja paciencia, porque sabe cuan útil es lo que aplicó» (en. Ps. 130, 7).

Un ejemplo de lo que puede hacer la soberbia en la vida de una persona es la del joven obispo Juliano de Eclana, quien arrastrado por su monstruosa vanidad, estaba dispuesto a descalificar a todos, con tal de prevalecer y de imponer sus propios puntos de vista. Por ello san Agustín en un diálogo retórico con quien el Obispo de Hipona llama Juan de Constantinopla (san Juan Crisóstomo), le advierte del peligro de la soberbia de este obispo del centro de Italia, señalándole que si le lleva la contraria, haciéndole ver sus errores, sin duda Juliano lo tachará de manqueo entre otras cosas (c. Iul. 1, 23). La historia dará la razón a san Agustín, pues este «joven obispo» envejecería siendo rechazado por todos, llevando afrentosamente hasta el final de sus días, el sambenito de hereje, buscando asilo en el oriente cristiano y muriendo en el exilio, después de haber aportado el peaje ignominioso del fracaso que deben pagar quienes se niegan a ser humildes.

 

D. Castidad, avant tout chose

El poeta francés Paul Verlaine en su Art Poétique señalo que para escribir poesía hacía falta, «de la musique avant tout chose», la musicalidad, antes que ninguna otra cosa, pues la poesía es música, como ya lo había señalado el mismo san Agustín en su obra De musica. De este modo, haciendo una paráfrasis de las palabras del poeta francés, según san Agustín, para poder vivir la juventud en Cristo, hace falta antes que ninguna otra cosa, castidad, es decir, vivir la propia afectividad y sexualidad dentro del plan de Dios según la propia vocación.

San Agustín después de haber sufrido los fieros embates de las pasiones sensuales y las consecuencias de haber sido esclavo de los placeres carnales, exhorta a quienes quieren ser jóvenes en Cristo y en la Iglesia católica, a que sean castos. San Agustín en sus palabras no solo refleja la dura lucha que había vivido en sus años mozos, sino que es a la vez consciente de la fuerza de las pasiones humanas, y de cómo el mundo en el que vivimos es un catalítico de dichas pasiones. La imagen que nos ofrece al inicio del libro tercero de las Confesiones, puede ser un retrato adecuado no solo del mundo en el que vivió san Agustín, sino también del mundo contemporáneo. Y si para él la ciudad de Cartago se convirtió una «sartago» (conf. 3, 1), en una «sartén» de pasiones, el mundo contemporáneo puede ser calificado como una nueva Cartago. Por ello el poeta T. S. Eliot en su obra The Waste Land, en la cuarta parte llamada «The Fire Sermon» (“El sermón del fuego”) hace eco de las palabras de san Agustín, y comenta que san Agustín llegó a Cartago ardiendo, y que fue sacado de este fuego por la gracia de Dios: «To Carthage then I came/ burning burning burning burning/O Lord Thou pluckest me out/O Lord Thou pluckest» (Llegué a Cartago/ ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo/ Oh Señor tú me sacaste/ Oh Señor tú me sacaste).

Se trata de una castidad que es ante todo, una gracia y un don, que es preciso pedir a Dios (Cf. conf. 10, 40). Quienes son jóvenes también en el cuerpo, deben no solo orar, sino también acompañar dicha oración confiada con una sana disciplina y ascesis, para fortalecer la voluntad, pues como señala san Agustín, Dios no ayuda sino al que hace algo por sí mismo, pues la gracia de Dios prepara la voluntad y la dispone al bien, pero el ser humano debe colaborar con dicha gracia: nec adiuuatur, nisi qui et ipse aliquid agit. (perf. iust. 43).

 

Por ello san Agustin exhorta a los jóvenes a que sean castos, particularmente a los varones que quieren encontrar esposas que sean castas. El Obispo de Hipona señala que no es justo exigir lo que uno no está dispuesto a dar. Por otro lado, señala que si el varón se distingue particularmente por su fortaleza, la debe demostrar precisamente en la renuncia a las pasiones, y en la vivencia cotidiana de la castidad, y no dejándose vencer por las pasiones mundanas (Cf. s. 132, 2). Por otra parte san Agustín utiliza las imágenes de la lucha contra las fieras (uenationes) propia del anfiteatro para hablar de aquellos que habiendo recibido el influjo negativo de las personas que les rodean, caen en pecados graves como puede ser el del adulterio, al querer demostrar que llevando a cabo ilícitamente el acto sexual son muy hombres, sin darse cuenta que es más viril vivir la castidad, que dejarse vencer por la fiera de la concupiscencia. De este modo san Agustín habla de estos que se han dejado engañar por el medio ambiente o los malos amigos y han faltado a la castidad buscando dar con ello pruebas de hombría, pues son como los cazadores en el anfiteatro que han terminado bajo las garras de las fieras, que no son los vencedores, sino los vencidos, mientras que quien realmente vence en el anfiteatro es el venator que ha podido matar a su presa. De igual modo el joven cristiano debe dar muerte en sí a las pasiones desordenadas, y saber que es más viril quien vence la tentación que quien cae derrotado en sus garras (s. 9, 12).

Y a quienes son jóvenes y quieren consagrar a Dios su propia castidad, es decir, el ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio, san Agustín les ofrece el icono bíblico de los tres jóvenes en el horno de Babilonia (Dn 3, 12-30). La castidad consagrada a Dios es un don especial de lo alto, que es preciso pedir, y que es preciso orar y trabajar para poder custodiarla. Los tres jóvenes en el horno de Babilonia son una buena imagen del mundo en el que vivimos, en donde al joven que quiera consagrar su castidad a Dios, le rodean tentaciones y peligros, como  a los mismos tres jóvenes en Babilonia. No obstante lo que los libró del fuego fue su confianza infinita en Dios, y su oración confiada, desconfiando de sus fuerzas. Por ello san Agustín a los jóvenes que desean consagrar a Dios su propia castidad, les invitaría al realismo por una parte, pues vivir la castidad hoy es entrar en el horno. Y por otra parte, el Obispo de Hipona hace una exhortación a la confianza, a pedir la gracia y a vivir una sana ascesis: «Con todo, mucho mejor pueden exhortaros sobre el tema tratado en este opúsculo mío los tres jóvenes a quienes, envueltos en llamas, ofrecía refrigerio aquel a quien amaban con todo el ardor de su corazón» (uirg. 57)

San Agustín es consciente de que el reto de vivir la castidad en la juventud, no es una quimera, sino que con la fuerza de la gracia de Dios es algo posible. De hecho para san Agustín la juventud en el sentido espiritual, màs que cronológico, ha quedado representada por la barba de Aarón, de la que nos habla el salmo 133 (132). Es verdad que una primera interpretación agustiniana, es la referida a los apóstoles, que son los «primeros jóvenes de la Iglesia», por su fortaleza y entusiasmo de anunciar el evangelio. Pero en segundo lugar la barba, como explícitamente señala san Agustín, representa a los jóvenes, a los que une otras cuatro características que deben distinguir a quien vive la juventud espiritual. Así señala san Agustín que la barba de Aarón representa a los que son fuerte (fortes), jóvenes (iuuenes), esforzados (strenuos), trabajadores (impigros), alegres y con vivaz disponibilidad (alacres: en. Ps.132, 2)

 

E. La conversión continua

Es llamativo que en las obras agustinianas, el Obispo de Hipona no hable nunca, al referirse al hijo menor de la parábola del Padre misericordioso (Lc 15, 11-32), del «hijo pródigo», sino que siempre se refiera a él como el «hijo más joven». Y como «joven», se convierte en modelo para todos los jóvenes, particularmente por su capacidad de reflexión, de entrar dentro de sí mismo, de contemplar con objetividad su miseria y de levantarse para volver a su padre (Lc 15, 18). San Agustin es consciente de que la vida cristiana es una peregrinatio, es un camino en donde quien es joven en el espíritu, y todo creyente, va atravesando diversas etapas y momentos, y que el pecado no está nunca ausente, ni faltan nunca las tentaciones. Por ello ante todo, lo fundamental no es haber caído en el camino, sino el levantarse continuamente y proseguir la marcha. De aquí que san Agustín acentúe el deseo y el propósito de luchar, pero que si se ha caído, es preciso levantarse y volver a comenzar: «Procura sólo progresar, nunca desfallecer. Si el último día no te encuentra vencedor, que te encuentre al menos luchando, nunca cautivo o condenado» (s. 22, 8). De este modo se puede vivir en lo que san Agustín llama «una continua conversión a los preceptos de Dios» (en. Ps. 118, 5, 2), como un elemento vital.

 

San Agustín utiliza una imagen sacada de los escritos de Plinio el Viejo, para hablar de la necesidad de la conversión y renovación espiritual continua. De este modo san Agustín observa que el salmo 103 (102), 5, habla de una juventud que se renueva como la del águila, pues dice el salmo:
«El Señor colma de bienes tus anhelos,  tu juventud se renueva como la del águila». Y este texto hizo que san Agustín recordara el relato que Plinio el Viejo cuenta en su libro Naturalis Historia (Naturalis Historia, X, 15), sobre cómo las águilas renuevan su propia vida, deprendiéndose de la protuberancia que les impide abrir el pico cuando llegan a viejas. De este modo, Plinio el viejo nos relata que a las águilas con el paso de los años les crece desmedidamente la parte superior del pico, de tal forma que llega un momento determinado en que este crecimiento excesivo les impide abrir el mismo pico y por ello ya no pueden alimentarse. Es el momento en el que las águilas deben tomar la opción de atreverse a comenzar el proceso doloroso dela renovación, intentando romper la protuberancia que les cierra el pico o bien dejarse morir. Las que eligen vivir, vuelan hacia las montañas, y ahí golpean el pico sin cesar contra las rocas para que se les desprenda le protuberancia que les impide abrir el pico. Después de mucho esfuerzo y dolor, las águilas lo consiguen, y es entonces cuando se renuevan, cuando pueden volverse a alimentar, cuando sus plumas adquieren un nuevo brillo y vuelven a volar libres por los aires. San Agustín comenta que el creyente debe también renovar continuamente su juventud espiritual, como el águila, mediante el proceso doloroso de la conversión, quitando de su vida todo aquello que le impide crecer, y golpeando sus pecados contra la roca, que es Cristo (1 Cor 10, 4). De esta manera, creyente puede desprenderse de lo que le estorba, y renovar su juventud espiritual en Cristo: «después de le vejez será como un águila joven, pues vuelve la fortaleza a su cuerpo, el brillo a sus plumas, el poder a sus alas; vuela, como antes a las alturas, y se da en ella una cierta resurrección (…) el águila: no se renueva para la inmortalidad. No así en nosotros. Nosotros nos renovamos para la vida eterna (…) En Cristo se renueva nuestra juventud como la del águila» (en. Ps. 102, 9).

 

F. Una nota pastoral

Junto con las características espirituales de quien es joven en el corazón, san Agustin nos deja también una nota pastoral. De este modo en el De ciuitate Dei san Agustín escuetamente dice que el joven Juan el Bautista fue enviado a anunciar la llegada del joven Cristo (ciu. 17, 22). Con ello el Obispo de Hipona nos invitaría a reflexionar sobre la labor pastoral, en la que es necesario, para poder anunciar el mensaje siempre nuevo, joven y esperanzador de Cristo, ser joven, según el concepto agustiniano del hemos hablado. Quien hace la presentación de un Cristo anciano o provecto, o bien hace una presentación cansina, no puede llevar al encuentro con Cristo joven, pues el evangelio auténtico es siempre vida, renovación y verdad. Así pues, solo el joven evangeliza al joven. Y como señala el mismo san Agustín dentro del De cathechizandis rudibus, la actitud de quien catequiza o anuncia a Cristo debe ser la alegría, el trasmitir y dar con gozo aquello que se conoce de Cristo (cat. rud. 10. 14). Por lo tanto la juventud en el espíritu es necesaria para la evangelización. Los que tienen el corazón avejentado por sus pecados, por su falta de renovación o su soberbia, necesitan emprender un camino de conversión, de rejuvenecimiento interior antes de ponerse a evangelizar. Solo quien es joven en el espíritu puede anunciar a Cristo, quien es siempre nuevo y joven.

 

Conclusión

Más allá de los elementos cronológicos que san Agustín y su propio tiempo atribuían a las diferentes edades por las que va atravesando la vida de un ser humano, san Agustín llega a identificar la juventud como un momento espiritual, como un estado del alma, en donde la vejez está marcada por el pecado, y la juventud procede de Cristo, de estar unido a él y a su vida. Hemos presentado algunos elementos que san Agustín reprocha y critica en los jóvenes tanto maniqueos, como paganos y donatistas, contraponiéndolos a las virtudes de los jóvenes cristianos, particularmente aquellos que pueden renunciar a los bienes y placeres de este mundo para seguir a Cristo sin condiciones.

Dado que para san Agustín la juventud es una forma de vivir la fe, hemos ofrecido una serie de elementos espirituales que pueden caracterizar a quien es verdaderamente joven, según el pensamiento agustiniano. Hemos presentado el texto clásico del De ordine, donde hemos puesto de manifiesto fundamentalmente que se trata de un texto dirigido a los adolescentes, es decir a aquellos que están en una etapa previa a la juventud. Una primera característica que hemos puesto de manifiesto, a la luz del De Genesi adversus Manicheos, es la importancia del testimonio luminoso y obediente de quienes son jóvenes. Que sean luminosos y alegres como el sol, y obedientes como la luna. Un segundo elemento que hemos señalado a partir del comentario que hace san Agustín de texto de 1 Jn 2, 14, es el de la fortaleza propia del joven de espíritu para vencer al maligno, conociendo la propia debilidad y fragilidad, y confiando en la fuerza invencible de la gracia de Dios.

Un tercer elemento que hemos subrayado es el peligro de la soberbia. San Agustín reconoce que la soberbia puede ser un gran obstáculo en la vida cristiana, cuando la persona cree que lo pude hacer todo por sí mismo sin contar con la ayuda de Dios. Por ello ser joven en el espíritu, y joven cronológicamente en Cristo, significa ser humilde, reconociendo que todo proviene de la mano generosa de Dios.

En cuarto lugar hemos señalado la importancia de la castidad, de vivir la sexualidad según la propia vocación. Se trata de un elemento con el que san Agustín tuvo que luchar en su juventud, invitando al creyente joven a estar muy atento, a desconfiar de sus fuerzas, a ser muy realista, sabiendo que la tentación acecha por doquier, pero que la fuerza de la gracia de Dios siempre es más fuerte que cualquier peligro. Finalmente hemos puesto de manifiesto la importancia de la renovación y de la conversión continua. Quien es joven en Cristo, debe estarse continuamente renovando, sabiendo que el pecado nos amenaza siempre, y que es preciso estar continuamente regresando a nuestro interior, como el Hijo pródigo, al qu san Agustín siempre llama el hijo «más joven», para volver sin cesar a la casa del Padre dándonos cuenta de lo lejos que nos han llevado nuestros pecados, renovando nuestra vida y juventud interior como el águila.

Finalmente, san Agustín dentro del De ciuitate Dei nos narra un episodio de un libro apócrifo del Antiguo Testamento, concretamente del libro primero de Esdras (Esdras A). San Agustín lo narra de forma escueta y altera algunos detalles, El relato apócrifo nos dice que había tres jóvenes que eran los custodios del rey Darío (1 Es 3, 4). Estos jóvenes habían discutido entre sí sobre cuál era el elemento más fuerte o poderoso que existe en el mundo. Los tres escribieron su respuesta y la metieron en un sobre que colocaron debajo del cojín del rey (1 Es 3, 8). Al día siguiente el rey fue leyendo cada una de las respuestas, y cada joven fue dando su explicación. De este modo el primero dijo que lo más poderoso era el vino (1 Es 3, 17). El segundo leyó su respuesta, y esta era que el elemento más poderoso eran los reyes (1 Es 4, 3). Finalmente el tercero, llamado Zorobabel,  en su repuesta había escrito que lo más poderoso eran las mujeres y la verdad (1 Es 4, 13). Este tercero fue el vencedor. San Agustín lo narra diciendo que Esdras en este pasaje se adelanta a presentar a Cristo como la verdad: «Esdras profetizó de Cristo en aquella discusión suscitada entre ciertos jóvenes sobre qué era lo más importante en la vida: uno dijo que los reyes; otro, que el vino, y otro, que las mujeres, que muchas veces mandan sobre los reyes; al fin, este último demostró que sobre todas ellas prevalecía la verdad. Y consultando el Evangelio, conocemos que Cristo es la Verdad» (ciu. 18, 32) Ojalá que nuestros jóvenes como estado espiritual, a imitación de san Agustín, no se cansen nunca de estar inquietos, buscando la verdad.

 

Enrique A. Eguiarte OAR
Instituto de Agustinología  OAR

Institutum Patristicum

Augustinianum Roma

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SAN AGUSTIN Y LOS JOVENES

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