ALGO FALTABA...

 

 

Criada en una familia de matriarcas, mujeres fuertes, decididas y emprendedoras.  Un escenario donde los esposos o figuras masculinas no eran representativas, allí nací.  

Dudosa de poder cumplir sus expectativas que, por cierto, siempre fueron muy altas: familia disfuncional al fin, termino, por cierto, muy desdibujado pues, me pregunto ¿cuál familia es funcional?.

 

Apoyada con frecuencia en mis logros académicos y laborales. Lo espiritual siempre existió, no como centro de nuestras vidas, sino, más bien, como “un valor exigido” como un “deber ser”. Mi madre cuenta que siendo niña, ayudaba a limpiar la ermita que recién habían construido cerca de su casa y camino a ésta, pasaba por los jardines de las casas, “robando” flores para ponerlas en el altar. Quién diría que ese simple gesto, bendeciría y protegería a mi familia y a mí  de muchos sucesos que pasaban a nuestro alrededor.

 

Siendo adolescente, con todas las experiencias traumáticas que eso implicó, sobreviví gracias a la Pastoral Juvenil de mi parroquia sin dejar de lado familias muy representativas en mi vida. Al ser más independiente económicamente y gozando de las libertades, me entregué a “disfrutar mi juventud” del cual tengo muy lindos recuerdos, sin embargo: algo faltaba.

 

Al casarme y tener mi hija complementaron mi vida, siempre de la mano y teniendo muy presente el éxito económico, académico y laboral. Estaba completa, ¿qué más le podía pedir a la vida?…. pero extrañamente…. algo faltaba.

 

Con mayores comodidades y extraña, en una vida que no me habían enseñado ni tenido, inicié labores parroquiales.   Contactos que aunque tímidos, me enseñaron poco a poco el camino correcto de la mano de, particularmente, un sacerdote con una capacidad intelectual y espiritual que me cautivó.   Fue encendiendo en mi, la llama que ahí yacía, muy dentro, que ni cuenta me daba.

 

Al encontrarme en una nueva casa de habitación y nueva parroquia, pensaba en la forma de poder integrarme, por supuesto, de una forma tímida como siempre. Pero, publicitaron un Retiro de Silencio, era de 3 días, mi primer pensamiento fue: silencio, eso es algo antinatural, soy psicóloga, mujer y latina.  La curiosidad me invadió, pero sobre todo, para poder experimentar y comprobar si lograba estar en silencio (deber ser), nunca, de la experiencia espiritual a la que hacían el llamado.

 

Del Retiro de Silencio.  Con los ojos muy abiertos llenos de curiosidad, ingresé a la Casa de Formación San Ezequiel Moreno, sin conocer a nadie, muy dudosa, pero allí estaba, luego de las instrucciones administrativas y la explicación de la dinámica del retiro, mi querido Fray Víctor González (quien era la primera vez que conocía), nos pidió cerrar los ojos e iniciar así nuestra experiencia, esta vez, fue espiritual; inmediatamente me vi, de unos 6 años muy delgada, con medias altas, corriendo a los brazos de alguien con una luz cegadora de túnica blanca, quien conocía muy bien, feliz, segura, simplemente me le tiré, lo prense en la cintura con mis piernas y lo abracé, estaba en casa de nuevo.

 

Del silencio aprendí que puedo sobrevivir en él,  realizarme en él y lo más impresionante aprender en él, de la presencia de Dios, que siempre ha estado aquí, conmigo, esperando. Descubrir con él todas las sensaciones espirituales, las respuestas a muchas de mis incógnitas, dejar mis miedos y consecuentemente aumentar en un 1000% mis expectativas en él.

 

Con mucho entusiasmo empecé a conocer a San Agustín, me sentía totalmente identificada, con cada parte de su vida, su intelecto, sus logros, su experiencia espiritual y transformación, sin dejar de lado el legado escrito que me tiene simplemente impresionada, con su aplicabilidad actual y con esta introducción, darme cuenta que existe el CEAR.

 

Del CEAR.  Un lugar en el que he aprendido de la Orden Agustino Recoleto, el carisma agustiniano y del servicio a los demás, con un orden, tradición, estructura, uniformidad, claridad y actualidad, que siempre había añorado.   Un lugar en donde puedo ahora sí, ser yo, realizarme como profesional, aprender como otros y experimentar la presencia y la voluntad de  Dios en todo lo que hago. En una palabra ENAMORADA.

 

Aprender, aprender, aprender, en forma insaciable, es la sensación que ahora tengo en el CEAR para poder dar con responsabilidad y humildad lo que Dios así me tenga encomendado, he perdido mucho tiempo, sin embargo ahora se que estoy en el senda correcta, ahora sé que, nada falta.

 

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